jueves, septiembre 07, 2006

Y yo ¿por qué no?

(Este es el texto escrito, con ligeras modificaciones, presentado el 25 de agosto de 2006 en el Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidad de Guadalajara, en el marco de un ejercicio de clínica psicoanalítica denominado “Psicopatología de la vida política cotidiana”, en el que también participaron Alberto Sladogna, Federico Arreola, María Luisa González, Ulises Valdés y Xóchitl Vázquez.)

“Y yo ¿por qué no?”
Flavio Meléndez Zermeño

Las elecciones de este 2 de julio han estado marcadas por tres rasgos que permiten situar las coordenadas en las que se ha ido configurando la situación política que prevalece después de los comicios: 1º la intervención del Presidente de la República en el proceso electoral, apoyando al candidato presidencial de su partido; 2º la campaña de miedo promovida por este candidato y el Partido Acción Nacional, al cual pertenece, con la colaboración de un sector de los grandes empresarios del país; y 3º los resultados de la elección presidencial, que por primera vez en la historia plantean un virtual empate entre dos candidatos.
En relación con este tercer aspecto, la actuación de las instituciones encargadas de organizar y calificar las elecciones ha dejado mucho que desear en cuanto a otorgar garantías a unos comicios con esos resultados en un país en el que durante setenta años el fraude electoral fue una práctica recurrente y un elemento estructural del régimen de partido de Estado. La forma, por lo menos extraña, en la que el IFE fue dando a conocer los resultados de la elección presidencial, en donde el comportamiento atípico de la variación en las cifras permite fundar la sospecha de una manipulación informática; el regateo durante los cómputos distritales para abrir paquetes electorales con datos inconsistentes; la negativa también del IFE para condenar la campaña de miedo en contra de Andrés Manuel López Obrador; las intervenciones del presidente de ese instituto para fabricar un triunfador inobjetable antes de la calificación de la elección por parte del Tribunal Electoral; la negativa de los magistrados de este organismo para contar voto por voto en una elección con características inéditas en la historia del país; las inconsistencias sistemáticas –votos mal contados, actas de casilla alteradas, boletas sobrantes, etc.- en miles de paquetes electorales… son sólo algunas de las múltiples anomalías que muestran que estas elecciones están lejos de la cándida imagen que promueve la intensa campaña mediática del IFE y de novísimas organizaciones civiles que han surgido para defender la pulcritud de los comicios. Una conclusión se impone a partir de lo anterior: los prolongados acuerdos entre las distintas fuerzas políticas que dieron origen a estas instituciones que tienen como finalidad transparentar las elecciones fueron insuficientes. A fin de cuentas estas instituciones, así como una parte considerable de las personas que las conducen, son las mismas que existían en el régimen priísta. Esta pervivencia es una señal de que ese régimen que agoniza desde hace algunos lustros no ha terminado de expirar y las instituciones que lo mantienen con vida se colocan por encima de cualquier movimiento social que lo cuestione en sus fundamentos.
La intromisión directa y abierta de Vicente Fox en la campaña presidencial se remonta al intento fallido de desafuero de Andrés Manuel López Obrador. Al enfrentar el aumento formidable de la protesta social por el intento de sacar a éste de la contienda presidencial, aquél tuvo que dar marcha atrás y reconocer, a través de la PGR, que no había elementos jurídicos suficientes para iniciar un proceso penal en contra del Jefe de Gobierno del Distrito Federal, que ya había sido despojado de su fuero constitucional.
Después, al dar inicio formal las campañas por la presidencia de la República, Fox se declaró listo para hacer campaña a favor del candidato de su partido, argumentando que nada se lo impedía, como si fuera el gobernante de un país en el que eso estuviera legalmente permitido –es precisamente el caso de los Estados Unidos-, como si una historia de setenta años de “dedazo” de los presidentes priístas no fuera razón suficiente para mantener escrupulosamente las manos fuera de la sucesión. Tal parece que a aquel famoso “¿Y yo por qué?” –pronunciado cuando se le preguntó en su investidura de Presidente qué iba a hacer cuando Televisión Azteca asaltó con un comando armado las instalaciones del canal 40 del valle de México y se apropió ilegalmente de la señal de esta televisora-, le siguió un “¿Y yo por qué no?”: ¿por qué no usar el poder presidencial para impulsar el triunfo del candidato de su partido?, ¿por qué no hacer todo para impedir que su enemigo más íntimo llegara a la presidencia? Si las condiciones que hacían posible el dedazo ya no están presentes, en cambio sí es posible desatar una gigantesca campaña mediática para forzar la victoria de uno y la derrota del otro[1], haciendo además un uso faccioso de cada ritual público de la investidura presidencial para abonar a tal fin.
En ningún asunto político del sexenio ha intervenido Fox con tal insistencia y sistematicidad como aquél que se refiere a la marcha de López Obrador hacia la presidencia de la República. Fox no interviene en la sucesión presidencial desde el lugar en que lo hacían los presidentes del régimen de partido de Estado, no se trata en su caso de un acto en el que se concentra el poder presidencial en el momento de elegir a su sucesor para que ese poder inicie su eclipse a favor del nuevo ungido y dar así continuidad a un ritual del poder que garantiza la continuidad del régimen; se trata de mantener a toda costa el paso del caballo de la política económica cambiando sólo de jinete, como si esa fuera ya la única manera que le queda de salvar un “Gobierno del cambio” que fue en realidad un sexenio perdido, una muestra difícil de superar de la inoperancia de la política lograda por un gobernante posmoderno que no se hace cargo del lugar que ocupa ni de las consecuencias de sus actos -ya antes había dejado avanzar la tentativa de ser sucedido en la presidencia por su esposa, sin tomar en cuenta los efectos catastróficos que en la historia de este país tiene cualquier intento que huela a reelección, así sea por interpósita persona.
Al apoyar ilegalmente al candidato de su partido Fox no sólo traiciona a la democracia, sino que traiciona también la lucha que él mismo llevó a cabo seis años antes, cuando conminaba al entonces presidente Zedillo –al que llamaba burlonamente “Zedillín”- a que sacara las manos de la elección. Con su proceder anula el acto que lo había colocado en la historia como el primer presidente de la alternancia, el que había sacado al PRI de Los Pinos -aunque no de la cultura y las prácticas de la clase política perteneciente a los distintos partidos. En condiciones políticas nuevas, que él mismo contribuyó a realizar, termina por repetir el gesto más característico del régimen que había combatido: la intromisión del poder presidencial en la sucesión. Al hacer esto, Fox borra el lugar que tenía en el entramado político que él junto con otros había contribuido a establecer, desatando consecuencias de las que no parece estar advertido. Los efectos de este pasaje al acto están a la vista de todos y han sumido al país en una de sus más graves crisis políticas y sociales[2].
La campaña de miedo que continúa hasta el día de hoy parece constituir nuestra versión nacional de la lucha contra el terrorismo, que convierte en un peligro a todo lo que ponga en cuestión al orden establecido, principalmente el orden económico ligado a la globalización neoliberal. El eslogan “López Obrador es un peligro para México” fijó el tono de inquina y miedo de la competencia electoral. Este clima no puede ser desligado de la demanda de eliminar a aquello que es situado como un peligro; en este caso el peligro no sólo es el candidato de la oposición de izquierda sino potencialmente todos aquellos que votan por él y se suman a su proyecto político. Así encontramos que en la página web de Felipe Calderón se encuentran dos videojuegos en los que un muñeco con la figura del candidato panista va aniquilando en su lucha a sus adversarios, el principal de ellos un monstruo llamado “el Peje”[3]. En este marco hay que tomar también el lapsus que comete Fox un mes y días antes de las elecciones, cuando al dar inicio a una campaña de salud dice: “El tabasqismo mata en todas sus formas, su consumo es la principal causa de mortalidad evitable en el mundo, por lo que todos tenemos la responsabilidad de luchar contra ese mal”. Para el mandatario se trata de una lucha a muerte en contra de su rival tabasqueño.
La existencia de un peligro que amenaza a la paz y al orden constitucional es una de las condiciones que hacen necesaria la instalación del Estado de excepción, en el que la inversión de los límites entre lo legal y lo ilegal vuelve prescindible la vida de categorías enteras de la población que no pueden ser incorporadas en la maquinaria política y económica. Cuando la defensa legal del voto es tratada como ilegal y las acciones ilegales de un gobierno se hacen aparecer como legales nos encontramos en medio de un Estado de excepción que opera en una dimensión específica de las relaciones de poder, aunque no sea declarado oficialmente como tal –en el cerco que el gobierno federal montó alrededor de la cámara de Diputados, con la ayuda de la Policía Federal Preventiva y el Ejército, tenemos además una zona geográfica delimitada que funciona bajo las reglas del Estado de excepción.
El Estado de excepción –característica presente en el campo de concentración nazi[4]- se ha convertido en paradigma de gobierno en las democracias occidentales, hasta el punto de confundirse con la norma, replanteando el régimen de lo humano por la vía de la exclusión de la diferencia: el encierro cautelar de los locos, de los presuntos terroristas, las limitaciones de las libertades civiles para asegurar la libertad, el control de los flujos de población a través de estrategias biopolíticas, etc. Pero si tomamos nota de la afirmación de Jacques Lacan en el sentido de que el lazo social concentracionario constituye la ganancia de una sociedad que sólo reconoce una función utilitaria[5], es necesario concluir que es el mercado, como forma dominante del lazo social en la sociedad posmoderna, el principal operador de esa suspensión del derecho propia del Estado de excepción. Son los requerimientos del mercado los que vuelven prescindible la vida de todos aquellos que no son integrables en los circuitos que constituyen los intercambios mercantiles. En un país como el nuestro, en el que más de la mitad de la población vive por debajo de los índices internacionales de pobreza, esta forma de “lazo social concentracionario” que promueve el mercado global suspende de facto las garantías individuales que la norma constitucional otorga a los ciudadanos mexicanos –derecho al libre tránsito y la reunión, a la educación, la salud, la vivienda, el trabajo digno, etc.
La sociedad democrática posmoderna se caracteriza por la caída de todos los sistemas de referencia que en otros momentos orientaron la vida de las sociedades humanas; este derrumbe se acompaña de la desaparición de toda figura del Otro cuya mediación permita organizar el conjunto del lazo social, por lo mismo no es posible encontrar ya un garante de los intercambios sociales que en nuestra época quedan entonces librados a la lógica del mercado. En otras palabras, todo valor simbólico que pudiera garantizar los intercambios entre los sujetos ha sido desmantelado a favor del valor monetario de la mercancía, que permea todas las formas de relación social provocando una transformación del orden simbólico que deja a cada sujeto en la desprotección más radical, sin el amparo del Estado ni del Otro para hacer valer su condición de ciudadano, es decir, no hay nada que garantice sus garantías individuales… a no ser su propia autonomía jurídica que lo deja a la deriva de los oleajes del mercado –como en esa historia, a la que extrañamente las dos cadenas televisoras dedicaron durante días mayor tiempo de transmisión que el destinado a la crisis postelectoral, de los náufragos mexicanos que sobrevivieron durante nueve meses navegando a la deriva.
En 1964 Lacan se refiere a la política en estos términos: “Ser objeto de negociación no es, sin duda, para un sujeto humano, una situación insólita, pese a la verborrea sobre la dignidad humana y los Derechos del Hombre. Cada quien, en cualquier instante y en todos los niveles, es negociable, ya que cualquier aprehensión un tanto seria de la estructura social nos revela el intercambio (…) Todos saben que la política consiste en negociar, y en su caso al por mayor, por paquetes, a los mismos sujetos, llamados ciudadanos, por cientos de miles”[6]. Después de poco más de cuarenta años podemos decir que las sociedades democráticas han superado con mucho lo afirmado por Lacan, la posmodernidad no sólo negocia el destino de los sujetos por cientos de miles o millones, sino que hace de cada uno un deshecho humano en potencia, al colocarlo en riesgo permanente de convertirse en homo sacer[7]: un despojo desprovisto de cualquier estatuto humano, un deshecho del mercado que ya no puede ser sacrificado, cuya existencia sólo es registrada en la estadística. La angustia en la que el sujeto se encuentra ante el lazo social concentracionario, cuestión que Lacan señaló en 1949, se ha convertido en forma de vida, en la compañera del habitante posmoderno.
Ahí está la raíz del miedo que la campaña panista y empresarial ha promovido con éxito, que hace aparecer un cambio en la política económica como un peligro en el que los ciudadanos mexicanos van a perder sus bienes, incluso aquellos que no pueden perder los bienes que nunca han tenido y que por miedo fueron a votar por un proyecto político que en el mejor de los casos les ofrece sobrevivir con un empleo. La concepción que aquí está en juego aparece en toda su crudeza en el comentario que hace una diputada panista el día del festejo del triunfo de Calderón en la sede nacional de su partido: “Se acabó el Primero los huevones. Ahora vamos a darles un empleo y a ponerlos a trabajar”[8]. El comentario no sólo revela un extendido prejuicio que explica el origen de las desigualdades sociales por el hecho de que los desposeídos son unos flojos, sino que lleva incluido un remedio para la pobreza y una visión de su futuro: el trabajo, ¡para sobrevivir tienen que trabajar más de lo que ya lo hacen! Como todavía se puede leer a la entrada del campo de concentración y exterminio de Auschwitz: “El trabajo os hará libres”.
La modificación del orden simbólico mencionada más arriba afecta a la estructura del tiempo humano, pues tiene como una de sus consecuencias la aparición de un futuro vaciado de referencias que orienten la acción de los sujetos hacia la posibilidad de un porvenir diferente. El futuro es ese tiempo constituyente de la subjetividad humana en el que Freud señalaba que el deseo se figura como cumplido, el tiempo en el que la fantasía que orienta al deseo de un sujeto despliega su argumento para hacer posible una vida humana vivible. Cuando el único futuro que la política posmoderna puede ofrecer se reduce a sobrevivir, estamos frente a una metamorfosis basada en un fraude que le arrebata a los humanos uno de sus elementos más distintivos.

Guadalajara, Jalisco, agosto de 2006.

Este trabajo, con ligeras modificaciones, fue presentado el 25 de agosto de 2006 en el Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidad de Guadalajara, en el marco de un ejercicio de clínica psicoanalítica denominado “Psicopatología de la vida política cotidiana”, en el que también participaron Alberto Sladogna, Federico Arreola, María Luisa González, Ulises Valdés y Xóchitl Vázquez.
[1] Durante el primer semestre de 2006 la Presidencia empleó 4 mil 82 horas efectivas de tiempo gratuito en televisión para difundir sus spots, por encima del tiempo empleado por el IFE, la Cámara de Diputados y la de Senadores. Mural. 3 de agosto de 2006. Nota de Armando Talamantes.
[2] El fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que este 6 de septiembre declara Presidente Electo a Felipe Calderón, afirma que la intromisión de Fox puso en riesgo la validez de las elecciones. Sin embargo, ni de ésta ni de ninguna de las múltiples anomalías que el Tribunal reconoce que se cometieron extrae consecuencia jurídica alguna respecto a la validez de los comicios, con el simple argumento de que no es posible comprobar los efectos que tuvieron en el resultado final. Se trata de un fallo que deja impunes los delitos electorales cometidos.
[3] Manzanos R. Felipe “terminator”. Proceso 1551. 23 de julio de 2006.
[4] Cf. Agamben G. Estado de excepción. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires, 2004. También cf. Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Pre-textos. Valencia, 2003.
[5] Cf. Lacan J. El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. En: Escritos 1. Siglo XXI. México, 1989.
[6] Lacan J. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós. Barcelona, 1987. p. 13
[7] Cf. Agamben G. Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Ed. Cit.
[8] Público. 7 de julio de 2006. Nota de Diego Osorno.

1 comentario:

Cristina Gutiérrez Zúñiga dijo...

Excelente texto. Invita a la reflexión política desde una perspectiva muy novedosa. Para continuar con ella, aprovecho este foro para hacer algunos señalamientos que me llaman la atención sobre la situación de conflicto poselectoral:
Una, que los estados de excepción en zonas localizadas a los que alude Flavio Meléndez no son muy novedosos que digamos, ni pueden ser característicos ni caracterizadores de la acción del estado en la posmodernidad, como sí lo es el que en medio de ellos haya cámaras de televisión, de manera que la excepción en buena medida se rompe bajo la lógica del espectáculo: se suspenden diversos derechos, pero no el de informar, o mejor dicho el de espectaculizar el suceso.
Dos: que las condiciones posmodernas no sólo son útiles para analizar las acciones del estado e interpretarlas, sino también para comprender la lógica de las resistencias a ella. Pienso que si no hubiera habido cámaras, tampoco hubiera habido motivo para interrumpir el ritual político del informe, y que si se adujo la ausencia de condiciones de vigencia constitucional para su realización, éstas no impidieron (de nuevo) la transmisibilidad de suceso por los medios, verdadera condición de posibilidad de realización del acto de resistencia.
Tres: que si bien estamos padeciendo los límites de nuestra democracia procedimiental, mas nos vale justipreciar los avances en las instituciones electorales en cuanto a ciudadanización y transparencia. Esa es una prerrogativa de los mayores de cuarenta, quienes sabemos cómo fueron las cosas en nuestra primera elección. Setenta años de partido de estado no se borran de un plumazo, como bien dice el autor. Pero que tampoco se nos borren de la memoria los últimos 18, ni los avances en materia electoral, que mucho trabajo nos han costado, y más que nos queda por delante.
Gracias por un texto tan bien escrito como estimulante.